9 de septiembre de 2011

No le hacía falta nada más que contarlo. Ya no le servía descargarlo en papeles como un melodramático frustrado, o intentar psicoanalizarse para entender que sería lo mejor, hacía muchos años cargaba con este peso, y sinceramente, no tenía ni la menor idea de lo que era lo mejor. Primero la negación omnipresente, el tratar de convencerse de que no era cierto, que seguramente había algún error, y de que algo en el estaba funcionando mal, segurmente problemas de menor importancia, ajenos. Después de mucho esfuerzo, aceptarlo. Y el tercer y más tedioso pero necesario paso, se presentaba esa tarde frente a el, frente a esa misma puerta que desde su niñez permanecía en su mente siempre intacta, de ese roble brilloso; impoluta, pero cerrada. Esa puerta que nunca se animó a atravesar sin permiso, tenía naturalizado que si lo hacía las consecuencias podían ser graves, y a el nunca le gustaron los desafíos.
Sabía que a esa hora estaría simulando leer algún texto de ingeniería de los que estaba repleta la sala, pero que en realidad escuchaba el partido de Independiente, muy por lo bajo en una pequeña radio a pilas que escondía debajo de los papeles rápidamente cuando su esposa golpeaba la puerta de su despacho para ofrecerle una taza de té, o hacerle algún mínimo cariño que era despreciado casi de inmediato. Esa situación le daba entre pena y risa, pero lo sabía, el sí sabía lo que pasaba, siempre se ponía a escuchar lo que sucedía dentro. Igualemente le costó mucho tiempo entender quien era el "Kun".
Pero esas tardes como espía habían pasado. Golpeó la puerta para simular una cordialidad inexistente, si era por el la hubiera derribado, tantos años impidiendo una "fluída" relación entre el y su padre merecían más que un derrumbe. Y hasta las personas más serenas se llenan de ira en algún momento. Hasta el más cagón puede gritar lo que siente si le es necesario.
Después de los tres golpes secos entró y ahí lo encontró, estaba igual a como se lo imaginaba siempre que escuchaba sus movimientos, solo que esta vez lo pudo ver con sus ojos, y fue mucho más shockeante encontrarlo de esa forma, con una mirada de asombro mezclada con indiferencia. Se había nublado su mente por completo, las palabras llenas de ira y sinceridad que navegaban en su cabeza hacía muy pocos segundos, esas que tanto había pensado durante meses, se habían hundido con más rapidéz que una balsa de papel, dejando de su cerebro un río desierto, y ajeno a todo lo que lo relacionara. Sin embargo, desconcertado y desprovisto de cualquier explicación, como en un juicio sin testigos, caminó hacia el escritorio que se encontraba en el fondo de la sala. Curiosamente formaba un contraluz que nunca existió en su imaginación, el ni sabía que había una ventana en esa parte de la casa.
Eran demasiados objetos físicos que lo deslumbraban, los libros amontonados en los estantes, un cenicero plateado, y unos cuadros de caballos pegados en cada una de las paredes;  y paralelamente a todos esos espejitos de colores, se encontraba esa misma mirada vacía que no decía nada, que ni siquiera reflejaba un poco de intriga ante su precencia, esa mirada tan natural y desinteresada. No quiso parar, Facundo le había dicho que parar era de putos. Llegó hasta el escritorio, apoyó sus dos manos en el vidrio cristalino, miró fijo a su padre, con un coraje que desconocía tener y en dos simples palabras descargó años y años de ignorancia: soy puto.
Dió media vuelta y salió de esa habitación procurandose no volverla a pisar nunca más, ya no era miedo lo que lo rodeaba, pero tampoco alivio. Los mismos tres pasos que le habían resultado eternos en el primer viaje, ahora eran solo tres pasos más en su vida. Por primera vez en 18 años sintió lo que era la ignorancia, pero desde otra parte. Por un momento no fue el ignorado, sino el que ignora, no le importaba más nada, ya no tenía esas dudas acerca de como iba a ser ese encuentro, esa mirada tan nefasta le había sacado toda la emoción con la que imaginaba esa escena, pero también le dió el valor necesario para continuar con su vida sin tantas preocupaciones. De ahora en más, era aceptarse y seguir, nadie se preocuparía por lo que hiciera, tenía en claro que era irremediable; y contra eso QUÉ?; parar es de putos.

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