21 de febrero de 2012

Mi pelo, mi piano, mis discos... la ropa y el perro.

Hacía pocos meses se había cortado el pelo, muy corto, y se lo había pintado de un colorado cereza. Tenía la impresión de que eso le daría aires de profesionalismo, y después de todo hacía años que no se dedicaba una horita en la peluquería. Aquel día llegó tan felíz con el cambio a su casa, que al poner en el tazón de Tom el alimento balanceado que el veterinario le había recomendado para que no engordara más de lo debido, dejó que se le pasara accidentalmente de la marca que indicaba la ración diaria.


Y así fue que se le fue yendo, la vida, claro. Entre cafés con edulcorante, noches enteras tratando de escribir esa puta novela que jamás terminaría; otras tantas sin dormir, mirando cine francés, esperanzada de encontrar en esas películas añejas algún tema de conversación interesante con los que podría deleitar a vaya a saber quién...sanguchitos de miga todos los martes por si algún día llegaban visitas, otro intento de réplica de algún Monet (solía cambiar de obra cada unos meses), la pila de las más variadas revistas en donde apareciera Darín sobre la mesita de semillas bajo el vidrio. El gran marco dorado encuadrando ese seco título de psicología, los marcos más pequeños con las fotos de los nenes (que lejanas les parecían aquellas caras de niños!), el último Phillip Morris del día, el olor a fósforo, el tabaco consumiéndose, y todo quemándose... todo TAN lento.


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