Padre nuestro que estás en los cielos, santifican tu nombre porque no hay más remedio, y hágase tu voluntad allá en el cielo, porque acá en la tierra desde hace mucho tiempo mendigamos la nuestra.
El pan nuestro de cada día, duro, frágil y hasta triste, y no nos consta que el tuyo sea verdadero, porque aquí el pan lo controlan los gobiernos. Y dejános caer en la tentación, aunque más no sea para alterar la costumbre. No nos liberes del mal porque no tendríamos como reconocer el bien (si es que alguna vez nos llega). Y no perdones nuestras deudas, ni dudas, ni pecados, porque no queremos perdonar al enemigo, y solo pondremos la otra mejilla para el beso.
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